Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 25 de agosto de 2023

Santa María de Jesús Crucificado (Mariam Baouardy)


Santa María de Jesús Crucificado, o.c.d. (llamada de seglar Mariam Baouardy) fue una carmelita descalza palestina, cuya vida es un prodigio de Dios, en total sintonía con las antiguas historias bíblicas, pero absolutamente incomprensible para nuestras categorías occidentales contemporáneas.

Nació en 1846 y murió en 1878, a los 32 años de edad. Fue beatificada en 1983 y canonizada en 2015. Su idioma materno era el árabe y chapurreaba el francés, tratando de tú a todo el mundo: papa, cardenales, obispos, hermanas de comunidad… 

A pesar de que no tuvo estudios y casi no sabía leer ni escribir, dirigió cartas a diversas personalidades, compuso hermosas poesías, diseñó el monasterio del Carmelo de Belén y dirigió las obras... Fue admirada por intelectuales de la talla de Francis Jammes, León Bloy, Jacques Maritain, Julien Green y otros. 

Su vida está llena de gracias extraordinarias: recibió ayuda de ángeles y ataques del demonio, sufría estigmas en las manos, en los pies, en el costado y en la frente, tenía el don de profecía, levitaciones, podía ver lo que estaba sucediendo en lugares lejanos… Muchas cosas nos parecerían leyendas medievales si no tuviéramos los testimonios escritos de sus contemporáneas.

En 1868 el obispo de Bayeux, monseñor Lacroix, dio orden a las carmelitas descalzas de Pau de que pusieran por escrito todos los fenómenos místicos que le sucedieran a la hermana y de que recogieran cada palabra que dijera en éxtasis, por lo que tenemos un abundantísimo material de primera mano, escrito a medida que sucedían los acontecimientos en Pau, en Mangalore y en Belén. 

Así escribió a la priora: “Los favores que recibe de Dios la joven árabe a la que habéis dado hospitalidad, me parecen admirables y dignos del mayor interés. Es de suma importancia que cuanto acontezca de maravilloso respecto al estado de la estigmatizada permanezca secreto y no salga del monasterio hasta que el Señor determine otra cosa”. Y añadía que recogieran todo por escrito “a fin de que se conserve y sirva de edificación para el presente y para el porvenir”.

Como aquellas ocasiones en que la vieron cantando en éxtasis las alabanzas del Señor en lo alto de un árbol, “sobre una rama que no aguantaría ni el peso de un pajarillo”. Pero bajaba inmediatamente cuando se lo ordenaba la priora y para explicar cómo había subido, solo sabía decir que “Jesús me atraía hacia sí”.

Ella se sabía pequeña, débil e ignorante, por lo que vivía estos acontecimientos con gran sencillez y humildad, escondiendo sus éxtasis y dedicándose a los trabajos más humildes (limpieza, huerto, cocina, cuidado de las enfermas…). 

Decía que los fenómenos sobrenaturales que tenía solo eran sueños y signos, se avergonzaba de ellos y pedía a los demás que no les dieran importancia. 

Afirmaba: “Dios nos libre de semejantes estados extraordinarios, la fe nos basta; en la fe no existe el orgullo. Valoro tanto la gracia de ser pobre e ignorante, porque esta me hace comprender la bondad y la misericordia de Dios, que, siendo grande, quiere ocuparse de mí. Me parece que si me encontrara en un estado extraordinario no quisiera permanecer ni tres meses en la misma ciudad, recorrería todo el mundo con tal de no ser conocida”. 

A un obispo que mostraba curiosidad por los fenómenos que ella vivía, le dice: “Monseñor, Jesús me encarga que te diga: no te quedes en lo extraordinario. Si vienen a decirte que la santa Virgen se aparece aquí o allá, o que en aquel lugar hay un alma extraordinaria, no vayas, no vale la pena. El Señor te dice: Arráigate en la fe, en la Iglesia, en el evangelio, pero si vas a consultar esto y lo otro, apoyándote en lo extraordinario, tu fe se debilitará. Yo te digo de parte del Señor: Si te atienes a la fe y al evangelio, Él estará siempre contigo y no te abandonará jamás”.

Aunque tenía muchas experiencias extraordinarias, sabía que no dependían de ella, por lo que no las daba importancia. Pero vivir con intensidad cada momento y encontrar a Dios en la vida ordinaria sí que depende de cada uno, por lo que es en eso en lo que insistía. 

Añadía: “La santidad no consiste solo en rezar, ni en tener visiones o revelaciones, ni en la ciencia del bien hablar, ni en llevar cilicios y hacer penitencias. La santidad consiste en crecer en la humildad”. De sí misma decía que era una “pequeña nada”. Su única grandeza consistía en que Dios pone su mirada en los pequeños y los trata con misericordia. Ella se sabía mirada por Dios y herida de su amor.

Saberse amada sin méritos de su parte la llevaba a amar a todos gratuitamente, especialmente a los más débiles, y a interceder por todos ante el trono del Altísimo con tonos bíblicos: “¡Basta, Dios mío, basta ya! ¡Enternece tu corazón, oh, Dios mío, y escucha los gemidos, mira la desolación! ¡Basta, detente, enternece tu corazón, ten piedad de nosotros! Pues que Tú eres bueno, trátanos con misericordia! ¡Ten piedad de los gritos de mis hermanos!” 

Sentía compasión de los hombres que sufren, pero también de los animales y de las plantas, de la creación entera. Así la describe una hermana de su monasterio cuando todavía estaba viva: “Nosotros no podemos hacernos idea de cuánto sufre a causa de ciertas impresiones sobrenaturales que la aferran y la inundan tanto a nivel de su cuerpo como de su alma, pero sobre todo a nivel de su alma, sumergiéndola en un mar de amargura. Ella sufre con el dolor de cada nación, de cada individuo, e incluso se deja conmover por el dolor de las bestias que sufren y que sufrirán. En un cierto sentido podríamos decir que ella se compadece de la tierra demasiado árida o demasiado bañada, de los árboles y de las plantas”.

Sí, se compadecía de la tierra y del mar, de las plantas y de los animales, porque contemplaba toda la creación como obra de Dios, que ama a todas sus criaturas y las mantiene en la existencia. Por eso decía: “Siento que todas las criaturas, los árboles y las flores están en Dios y también en mí, pues yo estoy en Dios y Él está en mí, y todo lo que hay en Él está también en mí... Para amar como Él ama, yo querría un corazón más grande que el universo”.

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